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Mucho por hacer
Uno de cada cuatro talleres está en una red. Eso significa
que se benefi cia de acciones conjuntas, una o dos campañas
promocionales al año, elementos de márketing e imagen... También
debería signifcar acceso a clientes colectivos como empresas
de rénting, una presencia fuerte y activa en Internet y en
las redes sociales, un esfuerzo de comunicación hacia el usuario
final y, en definitiva, una estrategia bien defi nida hacia
objetivos marcados desde la central de la red y consensuados
con sus miembros.
Sin embargo, en la práctica, no suele ser así. Hay
pocas redes capaces de dar respuesta a las exigencias de las
compañías de rénting (facturación centralizada, amplia cobertura
geográfi ca, prioridad a sus vehículos...) y aún menos las
que son vistas por entes privados como compañías globales
a las que ofrecer sus servicios. Y es que la mayoría de las
redes de talleres o no cuentan con una cobertura los suficientemente
amplia o los talleres que la componen son muy heterogéneos
en cuanto a dimensión y planifi cación del propio negocio
de reparación.
A ello se le añade que, en la mayor parte de las ocasiones,
la dirección de la propia red no tiene fuerza alguna sobre
sus miembros. No pueden salir a negociar con un cliente colectivo
determinados rápeles por volumen, porque luego los asociados
a la red no lo cumplen y ellos no tienen capacidad coercitiva
para imponerlo. Salvo excepciones, claro está, que están en
la mente de todos.
Y buena parte de la culpa la tienen los propios talleres.
Está claro que, en su nacimiento, las redes se vieron obligadas
a acaparar talleres fuese cual fuese su carácter y condición.
Y en muy pocas se ha llevado a cabo un proceso de selección.
No hay que olvidar que la mayoría de los asociados a una enseña
son clientes de quien las promueve. Y así es difícil prescindir
de ellos. Pero es que los talleres muchas veces son incapaces
de seguir las directices marcadas desde la central, no sólo
en compras -son infieles por naturaleza-, sino en conceptos
básicos como el márketing, la formación o la atención al cliente.
Y deben tener en cuenta que, aunque el usuario apenas
conoce de memoria alguna de las redes publicadas en este monográfico,
sí que es capaz de interiorizar conceptos como garantía nacional
o pertenencia a un paraguas superior cuando acude a su taller
de confianza. Y si un taller lo hace mal, la imagen negativa
salpica a toda la red.
Por eso deben ponerse manos a la obra. Ser conscientes
de pertenecer a una red. Y los dirigentes, ser capaces de
prescindir de aquellos negocios de reparación que lastran
su enseña. Y una vez homogeneizada la red en miembros y objetivos,
presentarse a clientes comunes y usuarios. Esa es la revolución
pendiente de las redes de talleres.
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